La melancolía es un término ya acuñado por los antiguos griegos, en concreto Hipócrates, definiendo un tipo de personalidad apática y anhedónica por un exceso de “bilis negra”. En los siglos siguientes, siguió siendo un término preponderante para definir estados de ánimo desidiosos con exceso de tristeza. Muchas veces también aglutinaba a lo que hoy conocemos como trastornos de ansiedad, que hasta a finales del siglo XIX no se consideró una categoría diagnóstica diferenciada, aunque sí que se nombraba con frecuencia.

La palabra melancolía solemos asociarla al invierno en general y en concreto también a la Navidad. Digamos que la falta de horas de sol, la nostalgia de muchas personas que han perdido a sus seres queridos y que no pueden celebrar las fiestas como recuerdan de niños puede hacer que estas fechas sean especialmente difíciles para muchas personas. Estamos bombardeados por un consumismo superficial y exacerbado que apela los sentimientos de comunidad que muchas personas no tienen.

La melancolía también está muy relacionada con el arte y la cultura, con infinidad de libros, poemas, cuadros etc. dedicados o influenciados por ella. Hay estudios que muestran que el estado de ánimo óptimo para ser más creativos sería estar algo triste y melancólico. Si uno está muy alegre tiene el mismo sesgo de alguien muy triste, el pensamiento se vuelve más convergente que divergente, nos volvemos más “tontos” por así decirlo.

Aunque solemos evaluar las emociones en el marco “nos hacen sentir bien igual a bueno, nos hace sentir mal igual a malo”, la realidad es algo más complicada. Estamos diseñados para buscar el placer y evitar el dolor, y es razonable evitar sentimientos de discomfort, pero el sentirnos un poquito mal de vez en cuando no es peligroso per se. Eso sí, adaptativamente las emociones están diseñadas para ir y venir de manera fluctuante: por eso a la tristeza prolongada es un trastorno como la depresión y a la alegría incontrolada durante mucho tiempo se le llama manía.

Más de Uno León con Javier Chamorro y Miguel Ángel Cueto vía telemática (9 diciembre 2020). Audio cortesía de Jorge Martínez.

Estrategias que podemos utilizar

Muchas personas van a encontrar difícil poder tener reencuentros con las personas que quieren o se encontrarán con situaciones económicas y personales complicadas. Por ello, si todo va mal, no pasa nada si te sientes mal. Pero es importante comunicarse lo máximo posible con aquellos que nos importan, algo así como “físicamente lejos, pero emocionalmente cerca”. También sería interesante encontrar actividades que nos puedan absorber intelectualmente, que nos cansen y quiten esa especie de lento paso del tiempo que tanta ansiedad y tristeza genera: escribir, tocar un instrumento, aprender una habilidad, hacer deporte,… Como ya comentamos, un estado de un “poquito” de tristeza nos suele hacer más creativos, así que podemos utilizar la melancolía a nuestro favor.

A veces hemos oído comentarios donde se dice que estar triste es algo opcional y que eliminando palabras de connotación negativa de nuestro vocabulario no estaremos deprimidos, pero científicamente ambas ideas son absurdas. Estar triste sin motivo aparente no tiene por qué ser algo vergonzoso y el pensamiento mágico de “las cosas malas desaparecerán por sí solas si pienso en expulsarlas” es dañino a largo plazo.

Cómo podemos ayudar a personas que sufren una melancolía demasiado paralizante

Lo primero sería eliminar las frases complacientes del tipo, “no estés triste”, “anímate, hay muchas cosas que puedes hacer para no estar así”. La idea sería escuchar con atención, no simplemente de manera superficial y dar respuestas validando las emociones del otro “te escucho y entiendo que te sientes mal” para luego preguntar algo como “¿y qué puedo hacer yo en concreto para ayudarte?”. El uso del humor también está muy indicado en estas situaciones, pero intentando que no sea demasiado forzado o fuera de tono. La ayuda profesional sería conveniente cuando la persona pasa demasiado tiempo sin reaccionar o si su integridad física corre peligro.

En definitiva, no hay nada que haga que el humano reaccione más como querer imponerle algo. Y la felicidad forzada y de cartón-piedra que nos pide una parte de las fiestas navideñas genera gran rechazo en muchas personas, y para evitar la tristeza, ni piensan en ello.

Referencias:

  • Crocq, M. A. (2015). A history of anxiety: from Hippocrates to DSM. Dialogues in clinical neuroscience, 17(3), 319-325.
  • Davis, M. A. (2009). Understanding the relationship between mood and creativity: A meta-analysis. Organizational behavior and human decision processes, 108(1), 25-38.