A pesar de su etimología y de la creencia popular, la agorafobia no es miedo “a los espacios abiertos” sino que sería un miedo exacerbado a no tener una escapatoria o un lugar seguro a mano al encontrarse en un lugar público. Tiene tendencia a empeorar si hay mucha densidad de personas y puede ir acompañado de ataques de pánico. La agorafobia está tipificada dentro de los trastornos de ansiedad, y una creencia común entre las personas que lo padecen es el temor a una “pérdida de control” en cuanto empiezan a percibir un aumento de su ansiedad.

Como otros trastornos de ansiedad, es una demanda terapéutica de tratamiento muy común, que solemos abordar con un enfoque cognitivo-conductual con técnicas de relajación, refutación de pensamientos intrusivos, exposición al estímulo aversivo… o inclusive medicación si la gravedad lo que requiere.

Más de Uno León con Javier Chamorro y Miguel Ángel Cueto vía telemática (30 septiembre 2020). Audio cortesía de Jorge Martínez.

La agorafobia en la pandemia de Covid-19

Todavía es muy pronto para establecer conclusiones empíricas, pero ya llevamos unos seis meses de pico en la pandemia y en EE.UU., por ejemplo, un estudio indica un aumento de prevalencia en depresión en adultos de 8,5 a un 27% (Ettman et al., 2020). Otro estudio muestra que aquellas personas que ya tenían diagnosticado un trastorno depresivo o ansioso muestran más vulnerabilidad al Covid-19, empeorando sus síntomas o con confinamientos con un mayor nivel de estrés (Asmundson et al., 2020). Aunque sí que nos hemos encontrado con algún caso particular de alivio por el cambio en el tipo de vida que muchas personas llevaban, la intuición de que esto va agravar sobremanera la salud mental de muchas personas es correcta.

El aumento de la incidencia en trastornos mentales puede llevar a situaciones de riesgo. Está demostrado que, por ejemplo, trastornos como la ansiedad social (bastante unido a la agorafobia) aumenta el riesgo de alcoholismo en aquellos que lo padecen (Torvik et al., 2019). La inestabilidad social y económica no suele ayudar precisamente a que tengamos rutinas sanas y equilibradas en nuestro día a día. Digamos que nuestro cerebro está siempre funcionando para que vivamos en un mundo coherente y lo más predecible posible, y lo que está ocurriendo está en las antípodas de serlo. A ello se suman el duelo por fallecimientos, un inadecuado tratamiento de enfermedades médicas debido a un sistema colapsado…, lo que está suponiendo un proceso muy duro para muchísimas personas en todo el planeta.

Qué podemos hacer para paliar esta inestabilidad

No es fácil, pero está demostrado que lo más importante suele ser un apoyo social y familiar fuerte. Una buena dieta, hacer deporte, y mantener una rutina de “día a día” ayudará también a que nuestro cuerpo reaccione mejor al estrés. También buscar ayuda de manera activa y no encerrarnos en nuestro dolor o miedo, asumiendo que los momentos de bajón van a estar ahí y descartando cualquier pensamiento mágico tipo “las cosas se solucionarán por si solas tarde o temprano”. Lo más importante es lo que sale de nosotros, no esperar a que desde fuera se den las circunstancias propicias porque probablemente eso nunca ocurrirá, siempre pasará algo que podemos utilizar como excusa para no asumir nuestras responsabilidades.

La interacción social a través de las pantallas

Ha habido algún caso en consulta, sobre todo de gente joven, comentando algo como “me siento mal, en el confinamiento estuve demasiado pendiente del móvil cuando antes podía estar horas sin estar pendiente de él”. Tenemos que refutar este pensamiento ya que socializar es realmente importante para el cerebro, somos animales gregarios y estamos diseñados para una vida cooperativa y en comunidad.

No pasa nada por estar más horas de lo acostumbrado con el móvil si es para compensar la falta de sociabilidad presencial, aunque ciertamente esto puede llevar a un bucle de cierta adicción por pura rutina o aburrimiento. Como ya hemos comentado en otras ocasiones, hay que tener cuidado con las redes sociales y webs de noticias por cómo juegan con el sistema de alarma de nuestro cuerpo al estar siempre con “última hora” y generando tensión e incertidumbre permanente.

Esta mayor interacción social por pantallas ha venido para quedarse. Las cuotas de teletrabajo han aumentado y la persona encuentra un sustituto en las videollamadas o chats el ir de cañas o de viaje. Aunque hay una parte de la interacción social cara a cara que es imprescindible (miradas, contacto físico, olores, matices en la expresión facial etc.) no todo lo virtual es malo per sé. Como ya comentamos, hay que tener cuidado con una evasión o una alienación de la realidad por refugiarnos en nuestro nicho. Como se suele decir, el equilibrio es importante y hay que tener paciencia con nosotros mismos, a veces perder el control o cometer equivocaciones no significa perder toda mejora, equivocarse es parte del proceso.

Referencias:

  • Asmundson, G.J., Paluszek, M.M., Landry, C.A., Rachor, G.S., McKay, D., & Taylor, S. (2020). Do pre-existing anxiety-related and mood disorders differentially impact COVID-19 stress responses and coping? Journal of Anxiety Disorders, 74.
  • Ettman, C.K., Abdalla, S.M., Cohen, G.H., Sampson, L., Vivier, P.M., & Galea, S. (2020). Prevalence of Depression Symptoms in US Adults Before and During the COVID-19 Pandemic. JAMA Network Open, 3(9).
  • Torvik, F.A., Rosenström, T.H., Gustavson, K., Ystrom, E., Kendler, K.S., Bramness, J.G., & Reichborn‐Kjennerud, T. (2019). Explaining the association between anxiety disorders and alcohol use disorder: A twin study. Depression and anxiety, 36(6), 522-532.