El suicido es una solución eterna para lo que a menudo no es más que un problema meramente temporal (Ringel, 1991).

 El suicidio es un problema social. Actualmente, el número de suicidios duplica al de los muertos por accidentes de tráfico. El suicidio es un alteración compleja, que con frecuencia es premeditada, con la que surge el impulso irrefrenable de la autodestrucción, donde se utiliza la muerte como un medio o un fin.

Son diversas las creencias erróneas que se suelen tener con respecto a que una persona pueda suicidarse y que impiden poder dar un apoyo efectivo a estas personas. Entre ellas:

La persona que se quiere suicidar no lo dice. 9 de cada 10 personas que se intentaron suicidar dijeron claramente sus propósitos y la otra dejó entrever sus intenciones de acabar con su vida.
La persona que lo dice no lo hace. Toda persona que se suicida expresó con palabras, amenazas, gestos o cambios de conducta lo que ocurriría.
Las personas que intentan el suicidio no desean morir, sólo hacen el alarde. Toda persona con riesgo suicida se encuentra en una situación ambivalente, es decir, con deseos de morir y de vivir. Son personas a las cuales les han fracasado sus mecanismos útiles de adaptación y no encuentran alternativas, excepto el atentar contra su vida.
La persona que se repone de una crisis suicida no corre peligro alguno de recaer. Casi la mitad de las personas que atravesaron por una crisis suicida y consumaron el suicidio, lo llevaron a cabo durante los tres primeros meses tras la crisis emocional, cuando todos creían que el peligro había pasado.

Las causas

No hay que temer hablar del suicidio con una persona que esté en riesgo pensando que  con ello se le está incitando a cometerlo, al contrario, está demostrado que hablar sobre este tema con una persona en riesgo en vez de incitar o introducir en su cabeza esa idea, reduce el peligro de cometerlo y puede ser la única posibilidad que ofrezca esta persona para el análisis de sus intenciones autodestructivas.

Desde el punto de vista médico-psicológico, podrían definirse tres causas: Los trastornos depresivos: motivaciones adaptativas o endógenas, las derivadas del uso de drogas o alcoholismo y la presencia de un trastorno mental grave (esquizofrenia) y trastornos de personalidad.

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Audio: Entrevista Onda Cero con Javier Chamorro y Miguel Ángel Cueto (30 abril 2016)

Las señales de alerta

Hay algunos sentimientos que, aunque forman parte de la vida diaria de cualquier persona sin suponer ninguna alarma, cuando se dan en las personas que tienen pensamientos suicidas pueden servir de señales de alerta. A menudo estas personas se sienten incapaces de escapar de la tristeza, pensar claramente, imaginar un futuro sin sufrimiento, tomar decisiones, valorarse a sí mismas, ver alternativas y/o salir de la depresión.

Hay algunos indicios que permitir sospechar que una persona está pensando en acabar con su vida: Las manifestaciones verbales: expresa deseos de quitarse la vida, independientemente de si tiene planeada o no la forma de hacerlo. También podríamos fijarnos en las manifestaciones no verbales: se puede llegar a sospechar mediante determinadas manifestaciones: No te preocupes por mí, no va a pasar nada.

El cese de la angustia, un período de calma después de una fase de agitación, son signos de grave peligro suicida, pues se ha resuelto el conflicto entre los deseos de vivir y los de morir a favor de estos últimos (la calma antes de la tormenta).

¿Cómo ayudar a una persona que expresa su intención de suicidarse?

Algunas de las formas de poder ayudar a esta persona son la de valorar la situación seriamente, siendo directo. Hablar clara y abiertamente sobre el suicidio expresándole su preocupación. Muéstrese dispuesto a escuchar y ofrezca su apoyo. Deje que la persona hable de sus sentimientos y acéptelos sin juzgarlos. Tranquilice a la persona sin mostrarse asustado, eso no haría más que poner distancia entre los dos. Busque ayuda entre sus familiares y personas allegadas. Explique que hay alternativas disponibles pero no dé consejos fáciles. Adopte medidas prácticas: controle los elementos que puedan suponer un riesgo. Si es posible, no deje sola a la persona. Evite, sin embargo, situaciones de excesivo control. Si no lo tiene claro, busque ayuda profesional.