Es un concepto cuya definición fue generalizada por el psicoterapeuta humanista Carl Rogers que la definió como la percepción del marco interno de referencia del otro de manera precisa, con la ayuda de los componentes emocionales y significados, sin perder la condición “como si” referida a la existencia de otro ente autónomo y diferenciado de nosotros. A pesar de ser un término muy utilizado en el ámbito de la psicoterapia, hay cierta discusión sobre la definición, siendo un componente multidisciplinar. El descubrimiento de las “neuronas espejo” en el córtex motor de monos (que dan orden al cerebro de “imitar” comportamientos observables) ha hecho que pueda haber tres características para definirla a partir de nuestra neuroanatomía:

  • Un proceso simulación emocional que imita las manifestaciones emocionales del otro, con activación cerebral centrada principalmente en el sistema límbico.
  • Un proceso conceptual y de tomar perspectiva de uno mismo y del otro, localizado en los córtex prefrontal y temporal.
  • Una regulación emocional usada para tranquilizar y ayudar al otro cuando le percibimos con dolor o incomodidad, situado en circuitos del córtex prefrontal, orbitofrontal y parietal derecho.

Más de Uno León con Javier Chamorro y Miguel Ángel Cueto vía telemática (13 enero 2021). Audio cortesía de Jorge Martínez.

No obstante, en el cerebro nunca es una parte que se “ilumina” en la resonancia magnética, significando que ese es el “área de”, en este caso concreto es la empatía. Siempre son interacciones entre circuitos y neurotransmisores, altamente complicados y de los que todavía se desconocen muchas cosas. A nivel cognitivo, presenta tres características:

  • Mentalización: capacidad metacognitiva de leer sobre nuestra propia mente y la ajena, que incluiría la toma de perspectiva o la teoría de la mente.
  • Preocupación prosocial: la motivación empática, el cariño o la preocupación.
  • Compartir experiencias: el afecto hacia el otro y el contagio emocional.

Dawkings, con su libro el “El gen egoísta” afirma que al estar programados para sobrevivir a cualquier coste, la empatía simplemente sería aquello que haga pervivir nuestros genes en futuras generaciones. Existes personas que presentan una falta de empatía, personas frías y calculadoras, en donde el otro no deja de ser un fin para sus medios (psicópatas o sociópatas, cuyo nombre clínico sería el trastorno de conducta antisocial). En estos casos hay bastante polémica científica, que va desde afirmar que su estructura cerebral es incapaz “percibir” los sentimientos de dolor del otro hasta comentar que sí que perciben sentimientos, pero que no les importa o no se procesan a nivel emocional profundo. Otro ejemplo de falta de empatía sería el trastorno del espectro autista donde sería un pequeño constructo dentro de toda una serie de habilidades sociales y cognitivas ausentes en este trastorno.

La empatía, ¿nos ha ayudado a evolucionar como especie?

Unos autores se inclinan más por la idea de que la conducta prosocial entre grandes grupos es lo que ha hecho que podamos crear civilizaciones complejas. Un estudio reciente afirma que altos niveles de estrés puede llevar a muchas personas a ser más empáticas, aunque a costa de tener menos capacidad cognitiva por la presión de la situación. De cualquier manera, es evidente que ayudar a los demás nos hace sentir bien, y no cuesta nada dar el beneficio de la duda. No obstante, mejor mirar al interior, a los propios intereses y evitar, en ocasiones, la fatiga por compasión.

Referencias:

  • Dawkings, R. (2000). El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta. Barcelona, Salvat.
  • Elliott, R., Bohart, A.C., Watson, J.C., & Greenberg, L.S. (2011).Empathy. Psychotherapy, 48(1), 43.
  • Heyes, C. (2018). Empathy is not in our genes. Neuroscience&BiobehavioralReviews, 95, 499-507.
  • Tomova, L., Majdandžić, J., Hummer, A., Windischberger, C., Heinrichs, M., & Lamm, C. (2017). Increased neural responses to empathy for pain might explain how acute stress increases prosociality. Social cognitive and affectiveneuroscience, 12(3), 401-408.