Los cumpleaños son siempre un motivo de ilusión y de alegría cuando somos niños, pero a partir de cierta edad parece que lo que era un motivo de alegría y celebración ya no es tan apetecible. El miedo a la muerte es evidente que afecta, pero, ¿ha habido cambios en la manera de afrontarlo según la manera en que nos encontramos? Tolstoi decía que la vejez es lo más inesperado y desconcertante de todas las cosas que le pueden pasar a un hombre.

El ser humano a través de las religiones, leyendas como la fuente de la eterna juventud… ha intentando consolarse de todas las maneras posibles ante el pensamiento de no existir algún día. En este ámbito también estaría la pulsión constante de dejar un legado que nos trascienda cuando ya no estemos: tener hijos, hacer una obra de arte, plantar un árbol, escribir un libro, ser de un equipo de fútbol… Además, todos nos acordamos de lo diferente que se percibe el paso del tiempo cuando se es niño donde la vida nos parece más novedosa y excitante ya que estamos en constante aprendizaje. En cambio la vida adulta tiende a ser mucho más monótona y repetitiva ya que almacenamos los diferentes momentos (trabajo, ocio, viajes, familia) en cajitas o clusters menos variados, por eso también tenemos esa sensación de que el tiempo va pasando más rápido a partir de que nos hacemos mayores.

Más de Uno León con Javier Chamorro y Miguel Ángel Cueto vía telemática (5 mayo 2021). Audio cortesía de Jorge Martínez.

Cambios de nuestras preocupaciones por el paso del tiempo y sentir que no hemos cumplido las expectativas sociales propias de cada edad

Evidentemente somos productos de la sociedad en la que vivimos. Nunca en la historia ha habido tanta esperanza de vida al igual que un porcentaje tan elevado del planeta alfabetizado. Personalmente creo que a poco que se rasque en libros de siglos anteriores veremos que las mujeres tenían una presión social inmensa. Tener más de 25 años y no haber creado una familia con hijos era directamente un estigma social, con la etiquetas de “solterona”.

Hoy existe un contrabalanceo en este tema con personas diciendo que es poco ético tener hijos por la sobrepoblación del planeta, el cambio climático…., pero es llamativo ver en consulta a chicos y chicas de 19 o 20 años que ya te verbalizan remordimientos de que no han aprovechado “su juventud a tope” o que “han desperdiciado los años buenos de su vida”. Obviamente la juventud tiene el sesgo de la inexperiencia, pero llama la atención que este tipo de comentarios no sean casos aislados. Está claro que esto no puede ser achacado a que vivimos poco, ya que si la esperanza de vida en España es de casi 85 años, son todavía demasiado jóvenes para tener la sensación de que todo está perdido.

El paso del tiempo

Ver a nuestro cuerpo responder de manera más dolorosa a cosas que podíamos hacer casi sin pestañear años anteriores produce disconfort y añoranza por lo perdido, pero también tiene que ver con la idea que se nos transmite de que tenemos hacer cosas productivas (sea lo que sea que signifique eso) y monetizables, que si no estamos en constante movimiento estamos desperdiciando nuestras capacidades.

Vivimos en una sociedad que tiende a la hipercompetividad, donde el dinero suele ser el fin más común en la mayoría de las personas. Vivir en un mundo globalizado es lo que tiene. Hasta hace no demasiado tiempo era raro que la gente saliera fuera de un radio de 100 km. de su pueblo natal y que no se casara con el chico o chica del pueblo de al lado. Esta especie de concepto de elección total y de tener todo el planeta a nuestra disposición tiende a generar ansiedad: a mayor incertidumbre, peor lo pasa nuestro cerebro, por eso estas crisis existenciales (sobre todo al cumplir nueva década) podrían ser una especie de ritual para sentirnos apegados a algo más tangible y que compartamos con la gran mayoría de las personas de nuestro alrededor.

A qué más nos agarramos para sentirnos integrados en la sociedad en que vivimos

Se está viendo como los niveles de creencia de un dios que nos guíe y nos ayude están disminuyendo. Cada vez menos gente es religiosa en el sentido de seguir los ritos de las religiones tradicionales. Irónicamente, hace poco se ha publicado un estudio que afirma que las personas suelen dar atributos negativos a otros individuos con una posición nihilista ante la vida, es decir, la idea de que la vida humana carece de un sentido o un propósito esencial superior.

Cada vez menos gente cree en Dios pero sigue habiendo una suspicacia general estereotipada ante la creencia de que la vida humana no tiene una finalidad clara. Simplemente, nacemos, crecemos, algunos dejamos descendencia, somos más o menos famosos, morimos y ya está. Este estudio parece reafirmar aún más a Nietzsche: si matamos a Dios otra idea tendrá que ocupar su lugar. El fanatismo nacionalista y político es por ejemplo una tendencia muy común hoy en día y, aunque siga habiendo guerras de religión, las personas llegan a matar a otras por la idea de que pertenecen a una nación o etnia inferior a la suya. Así que, mejor dirigir la angustia existencial en el ritual de cumplir años que en lo que acabo de decir, ¿no?

Referencias:

  • Scott, M. J., & Cohen, A. B. (2021). Stereotypes of nihilists are overwhelmingly negative. The Journal of Social Psychology, 1-21.